Antes de ti.

Ahora quiero ponerme seria. Hablar de mí sin nombrarle a él, que es posible aunque no lo parezca.

 

Decir, en una especie de confesión a cualquier desconocido que me lea, todo esto que estoy a punto de escribir y quitarme un peso de encima.

Contar mi historia de unos días antes de mis 15, que parece que hace bastante tiempo ya, y que ni siquiera mi mejor amiga sabe.

Empezar desde ese día- o desde esa tarde-, que es lo que importa.

 

En el pub del pueblo inglés donde me mandaron mis padres durante el mes de Julio. Para aprender.                                                        En ese pub, sobre las 7 de la tarde, después de haber cenado y paseado sola por el puerto.

Es justo decir también que yo no estuve sola del todo durante los 31 días, que allí también fui con mi prima mayor y algunas de sus amigas.

Pero no esa tarde. Esa tarde me sentía rara. Tuve un ‘funny day’, como llaman allí a los días de mierda.                                             Así que salí a dar una vuelta, aunque a mi prima la dije que me quedaba en casa con mi nueva amiga finlandesa.

Después de un par de horas paseando bajo el frío, a pesar de ser Verano, sentí que ‘o café, o muero congelada’. Así que me metí en el primer sitio que vi.

Ya allí, pedí un café caliente y me lo tomé mientras leía Pepa, la Loba, que me había traído de España, recomendado por mi padre.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que el café dejó de quemar y pude bebérmelo en dos tragos. (En realidad no era café, era té con sabor a café. Para mí, que no soy nada experta, es casi lo mismo).

De pronto, él se sentó a mi lado y con un perfecto inglés, me pidió disculpas por si le molestaba.

Yo le dije que no y seguí a lo mío, que siempre he sido muy hábil en eso de ignorar cosas que no me importan en absoluto.

Quizá fue por mi maquillaje o por sus dos pintas, pero se interesó por mí.

Al principio, me preguntó mi nombre y de dónde era, ya que el libro que leía no estaba escrito en Inglés.

Algunas tonterías más y después una pinta para mí, que él quería invitarme.

Yo, que sólo tenía 14 años, vi en esa oportunidad la Anécdota del Verano. Además, no quería parecer una cría.

Me bebí otras dos más.

No hace falta que diga que jamás había probado el alcohol y que, tras tres cervezas, me sentía muy desinhibida y algo mareada.

‘Sorry, I’m going to the toilet’.

Él sonríe y me sigue.

Yo me doy cuenta, y también de lo que va a pasar. Y le sonrío.

Sin saber cómo, estoy pegada a la pared y él a mí.

Ahora me doy cuenta de que lleva un uniforme militar. De la marina, según me aclararía después.

Él está bastante ocupado para darse cuenta de que yo no me muevo, y de que es mi primera vez.

Termina, y se separa de mí.

 

Salí fuera, y él conmigo. Recuerdo que me sentí rara, bastante incómoda.

Él me dio un cigarro y yo, afortunadamente, sí tenía experiencia con eso, así que me lo fumé en silencio.

 

Después, dos días de no querer salir y el resto de pasármelo bien en fiestas, sin separarme de mi prima y disimulando cada vez que alguien me preguntaba sobre las dos tardes anteriores.

 

 

Quiero aclarar que no me quedó ningún trauma, porque de algún modo sabía lo que iba a pasar desde la primera cerveza, aunque sí una gran insatisfacción cada vez que estaba con algún tío- ni siquiera besé a un chico hasta los 16-, incluso las varias veces que lo hice con mi vecino argentino, que me llamaba niña y sí que sabía tratarme bien. Pero bien de verdad.

 

Lo único que me queda de él es una pulsera azul de goma con la dirección de la web de la marina inglesa, su voz diciendo “Won’t forget about me, will ya?” metida en la cabeza, y asco hacia cualquier tipo de cerveza.

 

 

Suficiente.

Algunas veces, cuando no me ves, te miro de reojo.

Te miro por eso, porque no te das cuenta y así me permites observarte sin hacerme ningún guiño, sin intentar pararme. Porque estás hablando con alguno de tus amigos y de pronto das un trago a la cerveza o una calada al cigarrillo y tu cara cuando les sonríes es lo más bonito que he visto después de mi hermano.

 

Luego te das cuenta- siempre lo haces- y te ríes, despreocupado, soltándome el humo en la cara en un gesto que sabes que me enamora, más aún de lo que ya me tienes.

Porque me tienes.

 

Me tienes desde el primer día en que noté tu mirada. Cuando aún era Invierno y yo me hice un lío con la bufanda y tú te reíste y yo puse cara de vete-a-la.mierda, y tú viniste y entre risas lograste deshacer todo el nudo que se había formado con la lana de tres metros que me tejió mi abuela.

Me tienes desde que el monitor de Karate de los niños pequeños me dijo una guarrada y tú, sin saber muy bien por qué- ni siquiera sabías mi nombre-, saliste de tu entrenamiento y golpeaste con un puño el marco de la puerta, mirándole muy fijamente a los ojos; cuando te giraste, me sonreíste y susurraste el ‘de nada’ más gracioso que había escuchado por aquel entonces.

 

 

No sé por qué me gustas tanto, aunque es cierto que tampoco entiendo por qué te gusto yo, pero que esta vida nos funciona estando juntos, y eso es suficiente.