Suficiente.

Algunas veces, cuando no me ves, te miro de reojo.

Te miro por eso, porque no te das cuenta y así me permites observarte sin hacerme ningún guiño, sin intentar pararme. Porque estás hablando con alguno de tus amigos y de pronto das un trago a la cerveza o una calada al cigarrillo y tu cara cuando les sonríes es lo más bonito que he visto después de mi hermano.

 

Luego te das cuenta- siempre lo haces- y te ríes, despreocupado, soltándome el humo en la cara en un gesto que sabes que me enamora, más aún de lo que ya me tienes.

Porque me tienes.

 

Me tienes desde el primer día en que noté tu mirada. Cuando aún era Invierno y yo me hice un lío con la bufanda y tú te reíste y yo puse cara de vete-a-la.mierda, y tú viniste y entre risas lograste deshacer todo el nudo que se había formado con la lana de tres metros que me tejió mi abuela.

Me tienes desde que el monitor de Karate de los niños pequeños me dijo una guarrada y tú, sin saber muy bien por qué- ni siquiera sabías mi nombre-, saliste de tu entrenamiento y golpeaste con un puño el marco de la puerta, mirándole muy fijamente a los ojos; cuando te giraste, me sonreíste y susurraste el ‘de nada’ más gracioso que había escuchado por aquel entonces.

 

 

No sé por qué me gustas tanto, aunque es cierto que tampoco entiendo por qué te gusto yo, pero que esta vida nos funciona estando juntos, y eso es suficiente.

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